Opinion Mendoza

El problema no es el discurso: es el clima

Columna de opinión de Victor da Vila en la previa del discurso del gobernador, intentando responder una pregunta clave de la política actual: qué están sintiendo los mendocinos realmente?

El 1º de mayo tiene algo de liturgia política que pocas veces se discute en serio. Se supone que es el momento donde un gobierno ordena el relato del último año y proyecta el siguiente. Pero en contextos como el actual, ese formato empieza a mostrar sus límites. No porque falle quien habla, sino porque cambia el modo en que la sociedad escucha.

El gobernador Alfredo Cornejo llega a esta Asamblea con una narrativa bastante definida: orden fiscal, administración prudente, alineamiento con un esquema nacional que prioriza equilibrio macro y estabilidad. Cómo nos tiene acostumbrados, no será una improvisación, sino más bien una decisión estratégica consistente con lo que viene haciendo desde hace tiempo.

Ahora bien, hay un punto que suele subestimarse en este tipo de análisis: el problema no está en la coherencia del mensaje, sino en la transformación del receptor.

Porque el último año no solo reordenó variables económicas o alianzas políticas. Reordenó algo más profundo: la forma en que distintos sectores sociales procesan la realidad, y eso cambia todo.

Durante mucho tiempo, el oficialismo —provincial y nacional— operó sobre una premisa bastante sólida: si se ordena la macro, la percepción social acompaña con rezago. Esa lógica, que funcionó en otros momentos, hoy empieza a mostrar fisuras. No porque la macro no importe, sino porque dejó de ser suficiente como organizadora del sentido.

En paralelo, la oposición tampoco logró construir una narrativa alternativa eficaz. No por falta de crítica —que sobra— sino por una limitación más estructural: habla sobre problemas que la gente reconoce, pero no logra traducirlos en una experiencia política creíble. Denuncia, pero no encarna. Describe, pero no representa.

Ahí aparece una zona vacía que hoy es el dato más relevante del sistema político mendocino. Una parte importante de la sociedad no está ni convencida ni enojada de manera activa. Está en un estado más complejo: está desanclada.

Y ese estado no se aborda ni con datos macro ni con consignas opositoras. Si uno observa con cierto detenimiento lo que está pasando en el Gran Mendoza —sin necesidad de segmentarlo explícitamente— aparece un patrón que vale la pena mirar con más atención.

En los sectores populares urbanos, donde hace un año predominaba una bronca más visible, hoy lo que aparece es algo más silencioso: una mezcla de resignación y repliegue. No por conformidad, sino más bien un reflejo de adaptación defensiva. La política deja de ser expectativa y pasa a ser ruido de fondo.

En los sectores vinculados al trabajo formal, al pequeño comercio, al esfuerzo cotidiano, el clima también se modificó. La expectativa de mejora —que todavía existía— empieza a tensarse. No se transforma en ruptura, pero sí en una pregunta persistente: ¿cuánto más se puede sostener este esfuerzo sin resultados visibles?.

Y en los segmentos más informados, más conectados, donde se construye buena parte del clima público, lo que crece no es tanto el entusiasmo como una forma de cautela. Una necesidad de estabilidad que convive con la percepción de que el margen de error se achicó.

Estos desplazamientos son sutiles, pero estructurales, y tienen una consecuencia directa, que no es nueva pero siempre es importante remarcar, el lenguaje político tradicional empieza a perder eficacia.

Cuando el oficialismo habla de orden, una parte de la sociedad lo entiende como virtud. Otra lo percibe como costo. Y una tercera, cada vez más amplia, directamente no logra conectar esa palabra con su experiencia cotidiana. Ojo que no es que el mendocino no valore el orden, sino porque no lo siente, y ese desacople es el verdadero desafío del discurso que viene.

No se trata de si el gobernador va a anunciar más o menos medidas. Tampoco de si el tono será más político o más técnico. El punto es otro: cómo se construye sentido en una sociedad donde las categorías clásicas —orden, estabilidad, crecimiento— ya no generan por sí solas adhesión automática.

Hay además otro elemento que suele quedar fuera del análisis inmediato: la dimensión simbólica de la seguridad.

Los episodios recientes en el ámbito educativo no son solo un problema de gestión, son un indicador de algo más subterráneo: la fragilidad de ciertos espacios que funcionaban como referencias de normalidad. Cuando esos espacios se alteran, el impacto no es solo institucional, pasa a ser emocional, y ahí la política enfrenta un límite, dónde puede administrar el problema, pero no puede ignorar el efecto que produce.

Volviendo al discurso del 1º de mayo, probablemente veamos un intento de síntesis: reafirmar el rumbo, sostener la idea de orden, mostrar capacidad de gestión y proyectar futuro. Es lógico. Es lo esperable.

Pero el desafío real no está en la construcción del mensaje, sino en la lectura del clima.

Porque hoy la política mendocina —oficialismo y oposición— comparte una misma dificultad, aunque desde lugares distintos: le cuesta interpretar con precisión la nueva subjetividad social.

  • El oficialismo tiende a sobreestimar la capacidad ordenadora de la macro.
  • La oposición tiende a sobreestimar el impacto movilizador del malestar.

Entre esas dos sobreestimaciones se mueve una sociedad que no responde como antes.

En ese contexto, el 1º de mayo deja de ser solo un discurso institucional. Se convierte en otra cosa: un test de sensibilidad. No sobre lo que se dice, sino sobre lo que se logra interpretar porque, en definitiva, la política no falla cuando no tiene respuestas. Falla cuando hace mal las preguntas.

Victor da Vila, consultor y analista político, codirector de la consultora Opinión Mendoza

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