Opinion Mendoza

Del elogio condicionado a la advertencia: el giro de The Economist sobre Milei en dos meses

Columna de Lucas Inostroza sobre el cambio de encuadre de The Economist respecto a Javier Milei y lo que revela sobre la evolución política y económica del gobierno.

En apenas dos meses, The Economist produjo un cambio significativo en su encuadre sobre Javier Milei. No se trata solo de una variación de tono, sino de un desplazamiento en el foco del análisis que refleja una lectura distinta sobre el momento político y económico del gobierno argentino.

El 5 de marzo, el semanario británico titulaba “Grita cuando estás ganando” y describía a un presidente que atravesaba “unos meses excelentes”. En ese artículo, el eje estaba puesto en una combinación particular: avances en materia económica —crecimiento, acumulación de reservas, reformas legislativas— acompañados por un estilo confrontativo, incluso agresivo. Esa tensión no era menor, pero aparecía subordinada a un dato principal: el gobierno mostraba resultados.

El texto señalaba, de hecho, que ese estilo —expresado con claridad en la apertura de sesiones del Congreso, donde Milei volvió a apelar a la confrontación directa con la oposición— convivía con una etapa de consolidación inicial del programa económico. La preocupación, en ese momento, no era el rumbo general, sino su sostenibilidad, particularmente en términos de empleo.

Dos meses después, el 5 de mayo, el encuadre cambia de manera marcada. El nuevo artículo, titulado “Javier Milei está en serios problemas”, desplaza el eje desde los logros hacia las consecuencias políticas y sociales del ajuste. La referencia central ya no es el avance de las reformas, sino la caída en la aprobación presidencial y el impacto del contexto económico en la vida cotidiana.

En ese marco, The Economist incorpora un elemento que no estaba presente en el texto anterior: la dimensión simbólica del liderazgo. La elección de una frase del propio Milei —en la que se presenta como “el más perjudicado” por la economía— funciona como indicador de un cambio de posicionamiento. El presidente deja de ser únicamente quien impulsa el ajuste para aparecer también como parte de sus efectos, en un escenario donde amplios sectores sociales enfrentan dificultades concretas.

Este corrimiento se da en paralelo a un contexto local más exigente. Si bien la desaceleración de la inflación aparece como un dato relevante, comienzan a consolidarse señales de estancamiento en la actividad económica, con impacto en el empleo, el consumo y la dinámica de sectores productivos. A esto se suman mediciones recientes, como las de Atlas Intel, que registran una caída en la aprobación del gobierno y una recuperación de figuras opositoras.

El cambio de encuadre también dialoga con dificultades en el plano político y comunicacional. La centralidad que el oficialismo logró construir en los primeros meses —en parte apoyada en el estilo disruptivo del Presidente— enfrenta ahora mayores niveles de desgaste, tanto por la reiteración del recurso como por un contexto menos favorable. En paralelo, episodios recientes vinculados a la vocería oficial y a cuestionamientos sobre la gestión introducen nuevos focos de tensión.

En este contexto, los dos artículos de The Economist pueden leerse menos como diagnósticos contradictorios que como registros de un proceso en evolución. En marzo, el interrogante era si el estilo de Milei podía erosionar sus avances. En mayo, la pregunta parece haberse desplazado: si el deterioro en la percepción social y política puede comenzar a condicionar su programa de gobierno.

Más que un cambio abrupto de postura, lo que aparece es una modificación en el punto de observación. De un enfoque centrado en los resultados iniciales a otro que incorpora con mayor peso los costos, las percepciones y la sostenibilidad política. Y es precisamente esa transición —rápida y visible en los títulos— la que marca un dato relevante sobre el momento que atraviesa el gobierno argentino.

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