Opinion Mendoza

Cuando el síntoma devora la estrategia. Fin.

Una operación de prensa, un cambio de vocería o un nuevo enemigo que actúe como pararrayos. Por Victor da Vila

En la consultoría política es común creer que todo incendio se apaga con el químico adecuado. 

Sin embargo, hay momentos donde la técnica llega a su límite. No porque la comunicación deje de ser importante, sino porque el problema se desplaza de plano: ya no estamos frente a una falla narrativa, sino frente a una mutación en el vínculo emocional entre el gobierno y la sociedad.

El «caso Adorni» ha dejado de ser un problema de comunicación para convertirse en un hecho de naturaleza biológica. Esto es como el rechazo de un organismo a un injerto que ya no reconoce como propio.

La tesis es cruda, pero necesaria para cualquier análisis serio. Lo que sucede con el Vocero Presidencial ya no se explica por errores de framing ni por falta de cintura política. Estamos ante un daño estructural, muy difícil de reparar.

La pregunta no es ¿que hizo Manuel Adorni? Es por qué ese tipo de hechos empiezan a impactar distinto ahora que hace seis meses.

 

El desplazamiento del eje emocional

La política contemporánea no se organiza en ideas, sino en emociones dominantes. Hasta hace poco, el gobierno gozaba de un monopolio afectivo, pero el mapa emocional actual muestra una fragmentación peligrosa. Si bien la esperanza e ilusión todavía lideran con un 42%, han dejado de ser hegemónicas.

Hoy, el ecosistema de sentimientos se ha vuelto reactivo: la rabia e indignación (18%), el miedo y la angustia (16%) y la tristeza o resignación (10%) suman un bloque de negatividad que ya supera al optimismo. Cuando más de 4 de cada 10 argentinos proyectan estas emociones hacia el futuro, el «ruido» mediático se convierte en «evidencia» social. La pregunta ya no es qué hizo Manuel Adorni, sino por qué ese hecho impacta hoy con una toxicidad que hace seis meses hubiera sido neutralizada por el entusiasmo. El riesgo real es la sincronización entre el hecho suntuario y una expectativa que se enfría.

 

La disolución de la frontera público-privada

Múltiples editorial, de los periodistas más autorizados del país, sobre la «cascada de escándalos» pone el dedo en una llaga que la narrativa oficial no puede cerrar. Cuando un funcionario confunde la seguridad pública con el delivery familiar, o los gastos suntuarios en efectivo con la «vida privada», no solo está poniendo en duda su transparencia y ética; está dinamitando el contrato fundacional de este gobierno.

La fuerza de este proyecto no residía en la eficiencia de su gestión (aún en deuda), sino en su superioridad moral autopercibida frente a «la casta». Al naturalizar el mármol travertino y los arreglos en negro mientras se predica la austeridad más feroz de la historia moderna, el vocero no solo se defiende mal: está invalidando el discurso del propio Presidente.

 

El agotamiento del recurso judicial como escudo

La estrategia de «no contesto sobre temas judiciales por respeto a la división de poderes» es un manual básico de crisis que hoy suena a pieza de museo. En la era de la transparencia radical y la velocidad digital, esperar a que la justicia dicte sentencia, mientras los testigos documentan entregas de miles de dólares cash, es una forma de suicidio político por goteo.

El problema no es si Adorni es culpable ante la ley, sino que ya es incongruente ante el espejo. El daño al capital simbólico del gobierno es muy grande porque ataca el núcleo de su identidad: la lucha contra los privilegios.

 

El gobierno en el espejo retrovisor

Debemos ser pragmáticos en el diagnóstico. Este escándalo no implica necesariamente el fin del gobierno, pero sí marca un punto de inflexión. El «momento de gloria», aquel donde la esperanza le ganaba al bolsillo y la épica de la motosierra justificaba cualquier sacrificio, ha quedado oficialmente en el pasado.

Hoy, el gobierno empieza a habitar una nueva etapa: la de la justificación constante. Ya no se trata de hacia dónde vamos, sino de cómo explicamos lo que somos. Cuando la «regeneración democrática» se mancha con las mismas prácticas que venía a combatir, la mística se transforma en material de meme.

Los estrategas, sabemos que se puede volver de una derrota legislativa o de un mal dato de inflación. De lo que no se vuelve es del ridículo de una cascada de mármol financiada en la oscuridad, mientras el resto del país cuenta los centavos para el colectivo. Pareciera que el mejor momento de este gobierno ya es una foto en blanco y negro.

¿Lo que queda por delante es la gestión de la desilusión

Victor da Vila, consultor político y codirector de Opinión Mendoza.

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