Hay una frase que se repite con insistencia llamativa cada vez que se avecina una elección: “La gente está cansada de la política”.
La pronuncian dirigentes, funcionarios, candidatos y consultores. Se utiliza como la coartada perfecta para hablar poco, eludir definiciones de fondo, refugiarse en la frialdad técnica de la administración y disimular cualquier rasgo de convicción.
Sin embargo, el diagnóstico está desenfocado. El problema no radica en que la sociedad se haya desentendido de lo público, sino en que existe un rechazo creciente hacia una forma endogámica de ejercer la política. La diferencia no es un mero detalle semántico, cambia por completo la manera de entender la relación entre los ciudadanos, el poder y el sentido mismo de la representación.
La política en el metro cuadrado
La política no desapareció de la sociedad, se desplazó hacia la experiencia cotidiana.
Cuando un ciudadano dice estar harto de la política, no está diciendo que dejó de preocuparse por su salario, por la seguridad de su cuadra, por el precio de los alimentos, por el alquiler que vence a fin de mes o por el futuro laboral de sus hijos. Esas vivencias constituyen el suelo real desde el cual las personas interpretan lo que ocurre.
La angustia frente a la cuenta del supermercado puede convertirse en una discusión sobre el modelo económico; el temor en la parada del colectivo puede transformarse en una interpelación sobre el papel del Estado; la persiana que baja en un comercio barrial puede terminar siendo leída como consecuencia de las prioridades de un gobierno. En ese sentido, el llamado “metro cuadrado” no es un territorio de despolitización, sino el lugar concreto desde donde cada persona observa, padece y juzga.
A diferencia de las expresiones de la antipolítica de los años noventa, asociadas a la banalización de la vida pública, el espectáculo y el repliegue hacia el consumo individual, el malestar actual convive con una deliberación cotidiana permanente. La sociedad no se despolitizó, se cansó de la política cuando esta se convierte en un circuito cerrado donde los dirigentes solo hablan de sí mismos o de sus propios asuntos.
La representación no se delega solamente en una urna
Si la política se observa desde la experiencia cotidiana, también cambia la forma de entender la representación.
Una elección es una fotografía que cristaliza preferencias en un momento determinado y asigna institucionalmente el ejercicio temporal del poder. El voto es un mecanismo de delegación formal, pero esa entrega de atribuciones administrativas no agota la representación. Los ciudadanos entregan facultades de gobierno en las urnas, pero no enajenan su capacidad de juzgar, interpretar y reconocer a quienes consideran capaces de expresar sus demandas.
El voto confiere un cargo institucional. La representación, en cambio, es un vínculo político, simbólico y afectivo mucho más profundo. Por eso, una elección puede certificar o desgastar un liderazgo, pero no lo crea por arte de magia. Del mismo modo, perder un comicio, no participar de él o abandonar un cargo no destruye automáticamente la capacidad de representar.
La historia ofrece testimonios elocuentes de esa distancia. Winston Churchill fue desalojado del poder por los votos en 1945, en el instante exacto de su mayor victoria militar. Continuó siendo una referencia nacional insustituible. Raúl Alfonsín dejó la Presidencia en 1989 y conoció posteriores derrotas electorales, pero conservó una dimensión de liderazgo ético y doctrinario que excedía por completo el ejercicio de una función pública.
En esa misma línea, Juan Domingo Perón sostuvo una gravitación decisiva sobre la política argentina durante casi dos décadas de proscripción y exilio sin figurar en ninguna boleta, del mismo modo que Cristina Fernández de Kirchner preserva un núcleo significativo de adhesión con independencia de su presencia en las listas o de sus restricciones judiciales. En todos los casos, la representación sobrevivió a la contingencia electoral porque el reconocimiento social operaba en un plano mucho más profundo que el cómputo de los comicios.
Gestionar no es igual a liderar
Suponer que el liderazgo es la consecuencia automática de una buena administración, no se ajusta a la experiencia concreta.
La gestión es una obligación elemental del Estado. Resolver problemas inmediatos, prestar servicios, administrar recursos y ejecutar obras forman parte del deber de cualquier gobernante. Una gestión eficiente puede funcionar, ciertamente, como un trampolín formidable para consolidar un liderazgo. Justamente porque demuestra solvencia técnica, genera confianza y ensancha bases de apoyo. Sin embargo, no es una condición indispensable para que el liderazgo exista, ni alcanza por sí sola para generarlo.
Gestionar dice qué se hace, la política debe explicar para qué se hace, por qué eso y no otra cosa y qué proyecto colectivo expresa el conjunto de esas decisiones. De allí que sea posible encontrar gobiernos técnicamente prolijos que administran sin liderar, del mismo modo que existen liderazgos sólidos construidos desde la oposición, el parlamento o de organizaciones de la vida cívica, sin haber tenido nunca bajo su firma el manejo de un presupuesto estatal. La administración pertenece a la mecánica del poder, el liderazgo pertenece al orden del sentido.
¿De dónde surge un liderazgo?
Si el liderazgo no nace mecánicamente de una urna ni de la administración del Estado, su origen radica en una relación de reconocimiento.
Aparece cuando una parte de la sociedad encuentra en una persona una interpretación lúcida de aquello que está viviendo. La representación política nunca supone hablar en nombre de toda la sociedad, no hace falta representar al conjunto para representar políticamente. El liderazgo surge cuando un sector de la sociedad reconoce en un dirigente una voz propia, un conjunto de valores compartidos y una determinada lectura del presente.
Por eso el liderazgo tiene una dimensión cultural y simbólica. No consiste únicamente en anunciar medidas, sino en ponerle palabras a un clima de época, identificar aquello que una parte de la sociedad considera prioritario y marcar una dirección. Dos dirigentes pueden observar exactamente los mismos problemas y construir vínculos políticos opuestos: la diferencia reside en qué significado le atribuyen a esa realidad y qué horizonte ofrecen a quienes deciden acompañarlos.
Liderar en la era de la antipolítica
En este contexto, el desafío para quienes pretenden representar políticamente a una parte de la sociedad no es ofrecer un repliegue tecnocrático ni discursos vacíos. Es poder explicar qué ven, hacia dónde van y qué intereses están dispuestos a defender.
En la forma de “antipolítica” de hoy, el rechazo no parece expresar necesariamente una renuncia a lo público, sino el hartazgo frente a una práctica profesional que sustituyó la representación por la rosca, las disputas internas y la exhibición permanente de resultados administrativos. Frente a ese vacío, el desafío no es hablar más alto, es volver a representar.
Una elección puede expresar esa relación y la gestión de gobierno puede potenciarla. Pero el liderazgo político nace en otro lugar, en ese instante en que una parte de la sociedad mira a un dirigente y siente que en su palabra están comprendidas las dificultades de su propia vida y una idea compartida sobre el porvenir.
Víctor da Vila: analista y consultor político. Codirector de la consultora Opinión Mendoza.


