Hay una paradoja cada vez más evidente en la política argentina y, particularmente, en la política mendocina: mientras buena parte de la sociedad discute política prácticamente todos los días, una parte importante de la dirigencia parece haber decidido que lo mejor que puede hacer es no hablar de política. El argumento se repite con una naturalidad llamativa: “la gente está cansada de la política”, “la gente no quiere hablar de elecciones”, “la gente quiere que le solucionemos sus problemas”. Y entonces aparecen las recorridas por barrios, las inauguraciones, las fotografías frente a una obra, la reforma de una plaza, el cordón y la cuneta, la pintura de una escuela o cualquier otra expresión de gestión que permita hablar de algo sin tener que hablar demasiado de aquello que, en definitiva, define una elección: qué se quiere hacer con el poder.
El problema es que probablemente exista un error de diagnóstico en el punto de partida. La sociedad no parece estar cansada de discutir política. Puede estar cansada de determinadas formas de hacer política, de determinados dirigentes, de las disputas internas, de las promesas que nunca se cumplen o de las puestas en escena electorales, pero eso es algo bastante diferente. Porque discutir cómo se resuelve un problema de empleo, qué hacer con los salarios, cómo mejorar la seguridad, qué modelo productivo necesita Mendoza, qué relación debe tener la provincia con el Gobierno nacional, qué servicios públicos deben garantizarse o qué prioridades debe tener el Estado no es hablar de algo distinto de la política. Es hablar de política en su sentido más concreto, es decir, decidir colectivamente qué hacer con los problemas que afectan la vida cotidiana.
Por eso resulta llamativo que algunos dirigentes intenten escapar de la palabra “política” como si fuera una sustancia contaminante. Y más todavía que quienes están construyendo una candidatura para gobernador, intendente o cualquier otro cargo electivo insistan en aclarar, cada vez que un periodista pregunta, que no son candidatos, sino que simplemente se están “preparando”. La fórmula parece pensada para evitar el desgaste que supone admitir que se está buscando el poder. Pero hay algo bastante elemental que esa estrategia parece olvidar, que es que nadie llega a ser gobernador sin haber sido antes candidato a gobernador. De nada sirve evitar la palabra, si no se puede evitar la realidad.
En el fondo, esta negación revela un prejuicio mucho más profundo, cómo es la idea de que la población rechaza la política y que, por lo tanto, cuanto menos política parezca hacer un dirigente, más posibilidades tendrá de ser aceptado. El problema es que esa hipótesis puede terminar produciendo exactamente el efecto contrario. Si un dirigente pretende ser gobernador pero no explica para qué quiere serlo, si recorre la provincia pero evita decir qué piensa hacer con ella, si inaugura obras (algo que quiero aclarar esta muy bien) pero no plantea cuál es su diagnóstico sobre los problemas estructurales de Mendoza, entonces no necesariamente se acerca a la sociedad. Puede estar aumentando la distancia que pretende reducir.
Porque mientras los dirigentes evitan esa conversación, la sociedad continúa teniendo la suya. La discusión política no desapareció porque algunos candidatos decidieran no participar de ella. Está en las conversaciones familiares, en los trabajos, en los clubes, en los comercios, en las redes sociales y en ese espacio mucho más difícil de medir que es el metro cuadrado cotidiano de cada ciudadano. Y también aparece en los datos. El informe de conversación digital que analizamos recientemente mostró algo particularmente interesante: los contenidos vinculados a la gestión rutinaria pueden alcanzar una enorme exposición mediática sin necesariamente conseguir niveles equivalentes de interacción social, mientras que determinadas discusiones políticas capaces de tocar preocupaciones concretas y emocionales logran una respuesta mucho mayor. El caso analizado alrededor de Anabel Fernández Sagasti fue especialmente ilustrativo. Una publicación vinculada a una posición política concreta consiguió niveles de interacción extraordinariamente superiores a los habituales y logró una conversación que excedió al circuito estrictamente político.
Esto no significa, por supuesto, que las redes sociales sean el electorado. Sería cometer exactamente el error metodológico que mi colega Víctor da Vila advertía al analizar el uso de las encuestas: una herramienta de medición no es la realidad que pretende comprender. Una encuesta puede ser precisa y, aun así, estar mal interpretada; puede acertar un resultado sin explicar necesariamente qué estaba ocurriendo debajo de ese resultado. Lo mismo podría decirse de las redes, no son la sociedad completa, pero permiten observar cuándo una conversación consigue movilizar espontáneamente la atención de determinados grupos y, sobre todo, qué tipo de temas consiguen romper la indiferencia.
Y allí aparece una diferencia que la dirigencia debería mirar con más atención. Tal vez la sociedad no esté reclamando más “política” en el sentido tradicional del término, pero sí está reclamando respuestas para interpretar lo que le sucede. El ciudadano que llega a fin de mes haciendo esfuerzos y decide seguir apoyando a Javier Milei porque considera que debe sostenerse el rumbo para evitar el regreso del kirchnerismo está haciendo una interpretación política de su realidad. Del mismo modo, el ciudadano que observa los indicadores económicos, escucha que los números mejoran pero siente que su vida cotidiana no acompaña esa mejora y decide votar contra Milei también está haciendo una interpretación política. Ambos están discutiendo política. Lo hacen desde lugares diferentes, con diagnósticos diferentes y probablemente con emociones diferentes, pero están intentando responder la misma pregunta, ¿qué está pasando y qué debería ocurrir ahora?
Precisamente por eso resulta tan relevante la observación de Víctor da Vila sobre los indicadores de confianza. El problema político no necesariamente aparece cuando la economía empeora en términos generales, sino cuando empieza a consolidarse una distancia entre la economía que se percibe desde arriba y la economía que se experimenta desde abajo, los números pueden mejorar mientras la vida cotidiana no lo hace. Esa distancia puede ser mucho más importante políticamente que una variación puntual de un índice, porque transforma un dato económico en una experiencia emocional. Y esa experiencia es la que después puede traducirse en una decisión electoral.
Aquí también resulta útil una parte de las reflexiones de Jaime Durán Barba volcadas en los medios en los últimos días, aunque no para convertirlas en una receta de marketing político. Su aporte más interesante para esta discusión está justamente en otra parte, en la necesidad de comprender qué está ocurriendo en la vida cotidiana de las personas y en la creciente dificultad de los dirigentes tradicionales para conectar con sociedades que ya no procesan la política de la misma manera. En una de sus entrevistas, Durán Barba señalaba que existe un espacio importante entre los electorados más duros de Milei y Cristina Kirchner, compuesto por sectores blandos de ambos lados y por personas directamente fastidiadas con ambos. Pero además planteaba algo todavía más interesante, en un contexto donde una parte de la sociedad se cansó de los políticos tradicionales, una de las peores cosas que puede hacer un dirigente es parecerse precisamente a ese político tradicional.
Eso debería hacer pensar particularmente a la política mendocina. Porque si la respuesta frente al rechazo a los políticos tradicionales consiste en intentar parecer menos político, existe el riesgo de terminar profundizando aquello que se quiere evitar. Una cosa es abandonar las viejas formas de la política; otra muy distinta es abandonar la política misma. Una cosa es comprender que la sociedad no quiere campañas basadas exclusivamente en actos, besos, abrazos y fotografías; otra es interpretar que tampoco quiere que los dirigentes le expliquen qué piensan hacer con el futuro.
La evidencia disponible parece sugerir algo diferente. El informe sobre conversación digital que analizamos concluye que la comunicación basada exclusivamente en obras y agenda local parece tener dificultades crecientes para generar respuesta, mientras que los debates de fondo y las posiciones institucionales pueden recuperar atención y conversación. Esto no significa que una obra pública sea irrelevante. Significa que una obra pública no constituye por sí misma un proyecto político. Una plaza es necesaria; un cordón y una cuneta también. Pero ninguna de esas cosas responde por sí sola qué provincia se quiere construir, qué modelo productivo se pretende desarrollar, cómo se piensa mejorar el ingreso de las familias, qué se hará con el empleo o qué lugar ocupará Mendoza en la Argentina que viene.
Y quizás aquí esté el verdadero problema de los llamados “no candidatos”. La negación de la candidatura no solamente evita una etiqueta electoral; también permite postergar la exposición de las ideas. Mientras alguien se está “preparando”, todavía no tiene que mostrar todas sus cartas. Puede recorrer, medir, conversar, tantear, construir alianzas y esperar. Pero una candidatura real implica otra cosa: decir qué se quiere hacer, qué se piensa cambiar, qué se piensa mantener y, sobre todo, estar dispuesto a explicar por qué.
El oficialismo mendocino tiene una discusión pendiente que no puede resolver solamente apelando a la continuidad administrativa. Si pretende que Mendoza continúe por el camino que viene recorriendo, deberá explicar qué significa esa continuidad en términos concretos para la vida cotidiana de los mendocinos y cómo se traducirá en una mejora perceptible para quienes hoy siguen haciendo esfuerzos. Los sectores opositores tienen una discusión todavía más evidente, si creen que existe una alternativa al rumbo actual, deberán explicar cuál es, cómo se construye y por qué debería ser preferida por la sociedad. No alcanza con decir que algo está mal. Tampoco alcanza con administrar el descontento. En algún momento habrá que explicar qué se haría en su lugar.
Y aquí es donde conviene no caer en la tentación de creer que todo se soluciona con una buena encuesta, un equipo de comunicación sofisticado o una estrategia de redes sociales. La investigación ayuda a comprender. El análisis permite interpretar. El marketing puede ayudar a comunicar. Pero ninguna de esas herramientas puede fabricar una propuesta política que no existe, y tampoco puede reemplazar la decisión de un dirigente de asumir públicamente una posición, correr el riesgo de ser discutido y ofrecer una respuesta concreta a quienes están tratando de entender qué hacer con su propia realidad.
Tal vez el desafío actual sea mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más incómodo, como dejar de subestimar a la sociedad. Dejar de suponer que si no se pronuncia la palabra “candidato” nadie se dará cuenta de que alguien quiere ser candidato. Dejar de pensar que si se habla de una plaza nadie preguntará por el modelo de provincia. Dejar de creer que una inauguración puede reemplazar una discusión. Y, sobre todo, dejar de interpretar el cansancio de la sociedad con determinadas formas de hacer política como un cansancio con la política en sí misma.
Porque quizás la gente no esté pidiendo que los políticos hablen menos de política. Quizás esté pidiendo que, por una vez, hablen de política de verdad.
Que expliquen qué ven. Que digan qué quieren hacer. Que muestren con quién. Que asuman los costos de sus decisiones. Que defiendan aquello que creen que funciona y cuestionen aquello que creen que no funciona. Que expliquen por qué hay que continuar, por qué hay que cambiar o por qué hay que hacer algo completamente diferente.
En definitiva, que se dejen de esconder detrás de la gestión y muestren las cartas. La sociedad ya está jugando su propia partida. Algunos creen que todavía pueden convencerla de que no está jugando.
Lucas Inostroza: publicista, consultor político y Codirector de la consultora Opinión Mendoza


