Hay una nueva grieta que empieza a ordenar buena parte de la discusión mundial sobre inteligencia artificial: aceleracionistas contra regulacionistas.
De un lado están quienes sostienen que el desarrollo tecnológico es inevitable y que intentar frenarlo solamente servirá para que otros avancen mientras nosotros quedamos atrás. Del otro, quienes advierten que una tecnología capaz de modificar el trabajo, la economía, la información, la seguridad y hasta las relaciones humanas no puede quedar completamente librada a empresas privadas cuyo principal objetivo no es preservar el bienestar de la humanidad, sino desarrollar un negocio.
La discusión es presentada cómo tecnológica, pero en realidad, es profundamente política; y Argentina, aunque muchas veces llega tarde a estas discusiones, aparece esta vez inesperadamente cerca del centro.
El problema es que quizás estamos planteando mal la pregunta si queremos acelerar o regular la inteligencia artificial, en lugar de estar pensando que rol queremos ocupar dentro de esa aceleración.
Una discusión que ya dejó de ser futurista
No hace falta esperar a que aparezca una máquina consciente para empezar a discutir el problema. La inteligencia artificial ya está acá, y es palpable cuándo Google responde una búsqueda mediante una síntesis generada por IA. Está en los sistemas de atención al cliente, en los algoritmos que deciden qué vemos en redes sociales, en los programas que escriben código, redactan documentos, generan imágenes, traducen, analizan información o incluso conduce un vehículo automático, es decir, realizan tareas que hasta hace poco requerían una persona. Incluso alguien que asegura no utilizar inteligencia artificial probablemente la está utilizando sin saberlo.
Una parte del problema de una manera bastante más sencilla, si se ve desde la perspectiva en el celular. Llegó un momento en que dejamos de preguntarnos si queríamos tener un celular, simplemente tenemos celular y el día a día sin el mismo es casi imposible.
Con la inteligencia artificial puede ocurrir exactamente lo mismo, por eso ya no importa encerrarse en un debate de si vamos a convivir con ella, lo vamos a hacer, lo estamos haciendo. Entonces hay que pensar seriamente que vamos a hacer nosotros mientras la misma está en pleno desenvolvimiento.
Silicon Valley acelera, China también
Para entender esta discusión hay que mirar más allá de los modelos. Durante mucho tiempo parecía que la carrera la ganaba quien construyera la inteligencia artificial más potente. Hoy sabemos que el poder está distribuido en algo mucho más grande: modelos, chips, centros de datos, energía, infraestructura, nubes, datos y capacidad de distribución.
Silicon Valley representa buena parte del aceleracionismo más visible. OpenAI, Anthropic, Google, Meta, Microsoft, Amazon, Nvidia y otras compañías compiten por desarrollar modelos cada vez más potentes, asegurar capacidad de cómputo y ocupar posiciones estratégicas en una industria que todavía está definiendo sus reglas.
Pero enfrente no existe simplemente otro mercado, China desarrolló una estrategia diferente. No necesita necesariamente que uno de sus modelos se convierta en la marca dominante del planeta. Puede alcanzar una posición de enorme poder si sus modelos abiertos, baratos y adaptables terminan integrados en millones de empresas y aplicaciones.
Con esto China demuestra que aceleración y regulación no necesariamente son opuestos, y que puede financiar masivamente el desarrollo tecnológico, competir globalmente, producir chips y modelos propios, impulsar robots y vehículos autónomos y, al mismo tiempo, imponer fuertes controles sobre cómo se utilizan esas tecnologías dentro de su territorio.
Visto de esta perspectiva lo que sobresale es que no se trata de un extremo ni el otro, sino más bien de una combinación de aceleración, estrategia estatal y regulación.
Europa aparece en una posición diferente. Tiene capacidad científica, mercado y regulación, pero no posee hoy un operador tecnológico comparable con los gigantes estadounidenses o chinos. Por eso una parte de su discusión gira alrededor de cómo proteger derechos sin quedar completamente fuera de la carrera.
En medio de todo esto aparece una voz inesperada, la Iglesia Católica. El pensamiento de León XIV, especialmente a través de Magnifica Humanitas, recupera un eje que durante mucho tiempo quedó desplazada por la fascinación tecnológica, qué significa ser humano cuando la eficiencia comienza a convertirse en una medida de casi todo.
No es simplemente una posición de “frenemos la tecnología”, es la preocupación por la concentración del poder, el trabajo, los datos, la dignidad y la necesidad de que una sociedad establezca reglas antes de que la tecnología las establezca por ella.
El apocalipsis también es parte de la carrera
En las últimas semanas volvió a circular otro episodio que parece salido de una película. Un supuesto exinvestigador vinculado a OpenAI y Anthropic denunció que ambas compañías están corriendo hacia sistemas cada vez más poderosos sin haber resuelto completamente los problemas de seguridad y alineamiento.
Investigadores vinculados a Anthropic también han advertido públicamente sobre riesgos extremos asociados al desarrollo de sistemas muy avanzados. Conviene tomar esas advertencias en serio, pero también conviene mirarlas dentro del contexto en el que aparecen.
OpenAI, Anthropic y el resto de las grandes compañías no son organismos neutrales que observan el futuro desde afuera, están dentro de una carrera empresarial, financiera y geopolítica. Necesitan capital; infraestructura; usuarios; mostrar avances; y necesitan convencer a inversores y gobiernos de que el futuro depende de sus modelos.
Por eso tampoco deberíamos caer en ninguno de los dos extremos, no todo es Skynet, pero tampoco todo es marketing, ya que existe un problema real de seguridad, y existe el problema sobre quién controla la infraestructura de esta nueva economía y qué pasa con las personas cuando comienza a cambiar el trabajo.
Quizás el problema no sea que la IA nos mate
Hay un escenario mucho más concreto que el apocalipsis, es justamente que la inteligencia artificial transforme el mercado laboral más rápido de lo que nuestras sociedades puedan adaptarse.
Una empresa puede automatizar parte de las tareas que hoy realiza un empleado junior y, poco después, exigir que ese mismo puesto requiera capacidades propias de un profesional senior. Pero entonces aparece el problema central de la próxima etapa, ¿cómo formamos seniors si desaparecen los espacios donde las personas aprendían a ser juniors?
Ese problema no se soluciona diciéndole a todos los jóvenes que estudien programación, ya que vamos a necesitar más programadores, ingenieros, especialistas en datos y profesionales capaces de trabajar con inteligencia artificial, pero también vamos a seguir necesitando electricistas, técnicos, mecánicos, instaladores, soldadores, especialistas en mantenimiento y trabajadores capaces de sostener toda la infraestructura física que existe debajo de esta economía digital.
Nuestro foco no debería estar solamente en qué profesiones va a reemplazar la IA. Sino en ¿qué trabajos van a crecer, cuáles van a desaparecer y cuáles van a transformarse?. Esta pregunta no se puede responder con opiniones sueltas, necesitan ser medidas al detalle, para que una vez estudiadas, nos den los medios para anticiparnos a problemas graves de desocupación o imposibilidad de desarrollo, que incluso ya vivimos.
Y ahí aparece Argentina
Mientras el mundo discute estas cuestiones, Argentina empieza a recibir una atención que hace algunos años hubiera parecido improbable. Tenemos territorio; energía; universidades públicas; investigadores; profesionales; empresas tecnológicas; y tenemos una conducción política que decidió presentarse ante el mundo como un país abierto al desarrollo de nuevas tecnologías y a la llegada de inversiones.
Incluso aparecen debates sobre nuevas formas societarias y empresas administradas por inteligencia artificial, pero el nudo de la cuestión es que recibir inversiones no es lo mismo que desarrollar una política tecnológica.
Porque si una empresa llega con miles de millones de dólares para instalar centros de datos o infraestructura de inteligencia artificial, la respuesta de un país serio no debería ser solamente “bienvenidos”. Tiene que también preguntar: ¿Cuánto empleo local va a generar?, ¿cuánto talento va a formar?, ¿Qué universidades va a involucrar?, ¿Qué proveedores nacionales va a desarrollar?, ¿Cuánta energía va a consumir?, ¿Qué impacto tendrá sobre los servicios?, ¿Qué infraestructura quedará cuando la inversión termine?, ¿Qué datos se van a procesar?, ¿Quién controla esa información?, ¿Y cuánto valor quedará realmente en el país?.
Esto para nada es anticapitalismo, ni un riguroso regulacionismo, es tener una política industrial para el sector.
Mendoza está dentro de esta discusión
Todo esto puede parecer lejano si se mira desde Mendoza, pero no lo es. Porque Mendoza no está fuera de esta transformación, y tenemos empresas tecnológicas, universidades, profesionales, recursos energéticos y una posición geográfica que puede volver atractiva a la provincia para determinadas inversiones.
Pero también tenemos otra realidad muy concreta y creciente: una generación de jóvenes para la que estudiar, conseguir trabajo y construir un proyecto de vida se vuelve cada vez más difícil.
Y ahí aparece una paradoja, si la tecnología avanza a una velocidad extraordinaria mientras nuestra capacidad de preparar a la sociedad para ese cambio no avanza al mismo ritmo.
Ese debería ser uno de los grandes debates públicos de los próximos años, y no simplemente cuántas empresas de IA podemos atraer, sino cuántas personas podemos preparar para trabajar en una economía atravesada por IA.
Qué formación necesitaremos; qué profesiones deberemos promover; qué oficios tendremos que recuperar; qué infraestructura deberemos construir, y qué capacidades tecnológicas queremos desarrollar localmente.
¿Se trata de acelerar o regular?
Quizás el problema sea que la discusión está mal planteada, porque si regulamos hasta paralizar la innovación, otros van a avanzar mientras nosotros nos quedamos mirando. Pero si liberamos absolutamente todo, corremos el riesgo de convertirnos en un territorio donde otros ponen el capital, controlan la tecnología, procesan los datos y toman las decisiones mientras nosotros aportamos energía, suelo y capaz que algo de mano de obra.
Entonces aparece una tercera posibilidad, más real para nosotros es acelerar, pero poniendo condiciones. Permitir que lleguen centros de datos, pero exigir inversión local;atraer capital, pero desarrollar proveedores; promover empresas de inteligencia artificial, pero formar trabajadores; incorporar IA al Estado todo lo posible, pero proteger los datos de los ciudadanos; adoptar tecnología, pero conservar capacidad de decisión sobre infraestructura estratégica.
No se puede de detener el futuro, y el futuro, en buena medida, ya llegó, y tenemos que tener algo que negociar frente a él, porque dentro de algunos años quizás ya no discutamos si la inteligencia artificial puede reemplazar determinadas tareas;quizás discutamos quién controla los centros de datos, quién fabrica los chips, quién almacena nuestros datos y qué empresas tienen capacidad para procesar una parte creciente de las decisiones económicas y sociales.
Hace décadas solo discutíamos quién controlaba el petróleo, los ferrocarriles, la energía o las telecomunicaciones,ahora tenemos que empezar a discutir quién controla los datos, el cómputo, los chips, la infraestructura y los algoritmos.
No sé si algún día tendremos que decidir si queremos colocarnos un chip en el cerebro. Probablemente esa no sea la discusión urgente, pero lo que si es urgente y mucho más cercana, es que mientras Silicon Valley y China deciden cómo será la próxima etapa tecnológica, ¿qué estamos decidiendo nosotros?
Quizás la pregunta como individuos, asociaciones intermedias, y debamos hacerle a nuestros actuales y futuros representantes en el Estado, no sea si somos aceleracionistas o regulacionistas, sino en ¿qué lugar queremos ocupar como sociedad que quiere avanzar?.
Lucas Inostroza, codirector de la consultora Opinión Mendoza; analista y consultor político.


